12 noviembre, 2011

El curioso funcionamiento del cerebro I

Un día pasas por una calle por la que ya has pasado mil veces en los últimos años y… de repente, reparas en una puerta de color verde apagado. No te suena haberla visto nunca, de hecho, jurarías que ayer no estaba allí. Sin embargo te acercas a ella y observas con estupor que por su apariencia lleva ahí, como quien dice, toda la vida. El color es apagado, esta descascarillada y la madera muy ajada. Pero es la primera vez que la ves. O eso cree tu consciencia.

El cerebro es un órgano complejo, quizá el que más. Posee millones de neuronas que se interconectan, que interactúan, que se excitan las unas a las otras para recordarse cosas, pasarse imágenes, olores, sensaciones o simplemente para hablar.
No cabe duda de que el cerebro ha provocado siempre una gran fascinación. En el residen las ideas. Platón pensaba que había dos mundos, el mundo real, y el mundo de las ideas donde existía la perfección, pero le frustraba pensar que el mundo de las ideas estaba en algo tan real como un cerebro.

La existencia de un primordio cerebral se sitúa evolutivamente en la explosión de Cámbrico, cuando se observan moluscos y gusanos que, además de un sistema nervioso difuso, poseen una serie de ganglios neurales que rigen varias actividades del organismo conectando por vez primera el movimiento muscular y funcionamiento interno con el exterior del bicho. La localización de tales primordios cerebrales no es caprichosa. Se localiza en la zona delantera del animal, la primera en entrar en contacto con el medio, de modo que la información llega de una forma rápida y permite una respuesta adecuada.

Comparativa del sistema nervioso central de un gasterópodo y de un humano

En los humanos la cosa no cambia mucho, salvo que en lugar de ser la cabeza la primera en llegar, en muchos casos es la barriga. Pero nuestra cabeza y nuestro cerebro tienen un lugar privilegiado, el más alto, desde donde todo se ve mejor, y ahí, saltones y mas o menos bonitos, están nuestros ojos, con línea directa con el cerebro. A nadie se le escapa que nuestro cerebro es bastante más complejo que el de los moluscos, pero, ¿Funciona bien?, es decir, ¿más complejidad lleva a un funcionamiento más refinado?, pues en cierta medida si, pero nuestro cerebro a veces nos juega malas pasadas y funciona de una forma un tanto peculiar.

¡¡¡No me conoces bien, no sabes como soy!!!

¿Cuantas veces no habéis escuchado esta frase?, la gente la suele decir y se queda tan pancha.
Miles de personas de ayer y hoy han rebuscado sin cesar en su interior para saber como eran, pero esa búsqueda ha resultado infructuosa porque no se sabía aun que casi todas las decisiones tomadas por las personas son inconscientes o intuitivas. Hoy sabemos que cuando una persona decide algo, su cerebro en realidad lo ha decidido ya 10 segundos antes de la decisión que la persona cree haber tomado. No es de extrañar entonces que nos plateemos algunas preguntas sobre la naturaleza y el momento del pensamiento racional.
Para aquellas personas que airadas dicen aquello de -¡Tú no me conoces!- les diré que llevan razón, porque ni siquiera esas personas se conocen a si mismas. Dos personas que no han cruzado una palabra y se ven en una discoteca, (por un poner, chico se acerca a chica) y le dice, ¿quieres rollo? Esas dos personas se conocen muy bien, al menos lo bien que necesitan. Se han fijado en sus fluctuaciones asimétricas y en su lenguaje corporal. El ha visto la cadera de ella. Ella ha observado el físico de el.

Se sabe que la salud física constituye un elemento básico de la salud mental (no por ello de la inteligencia). Por otra parte recordemos que durante generaciones, la anchura de la cadera era un signo de fecundidad. Ahora sabemos que ese índice depende de la anchura de la pelvis y la intensidad de las contracciones durante el parto. Con todo esto, los jóvenes discotequeros ya saben lo que necesitan saber el uno del otro.

La venus
El valor de las apariencias
Si os fijáis bien, sobre todo en las noches de luna llena, la luna parece tener un tamaño netamente mayor al habitual (más que cuando están en cénit). El cerebro nos engaña para que no nos hagamos preguntas innecesarias ni demos pábulo a la ansiedad. Cuando la luna esta cerca del horizonte con una montaña al fondo, por ejemplo, se está moviendo en un entorno que no es muy familiar para el que observa y no conviene que aparente un tamaño demasiado distinto.
Sin embargo, cuando está en medio del firmamento a lo lejos, no importa que denote un tamaño más pequeño, total, lo más similar a ella son las pequeñas estrellas que tiene al lado. La luna, obviamente, sigue teniendo el mismo tamaño; pero aparenta ser netamente más pequeña para que estemos tranquilos.
Ahora bien, si el cerebro nos engaña con algo tan gordo y lejano como es la luna, imagínate las barrabasadas que puede hacer para que estemos tranquilos sobre como somos por dentro.

Todo el mundo cree que se conoce tan bien a sí mismo que puede comportarse con relativa facilidad como si, efectivamente, se conociera a sí mismo, pero nada más lejos de la realidad. Y mientras tanto, millones de personas se atormentan a sí mismas y a los demás preguntándose -¿Se fiaran de mi?, ¿Doy la impresión adecuada al momento en el que estoy?, ¿Cómo debo actuar para que la gente piense que soy racional?, ¿Debería de no decir esto para que el otro no piense que soy presa fácil?- etc, etc, etc.




Mucho de locura en la genialidad
¿No habéis tenido nunca el sentimiento de que algo importante te está invadiendo el alma sin que sepas porque? De repente eres presa del sentimiento de que estas a punto de descubrir algo esencial sobre el carácter de una persona, la textura de un material o la naturaleza de un proceso sin haber buscado la razón para nada. Es como si el conocimiento o la intuición cayeran del cielo en ese momento. Generalmente tenemos tendencia a separar conocimiento por un lado e intuición por otro, pero es falso. Ambos son o pueden ser lo mismo.
Hay estudios que demuestran que cuando se activan las neuronas para percibir algo, prestar atención, mirar a alguien del sexo contrario, recordar, etc, el cerebro intenta predecir lo imposible para ver que pasa, si es que pasa algo. Algo así como que el cerebro gusta de recurrir al sentimiento del caos, al límite de lo que parece ser imposible para quedarse luego con una realidad transformada. Y no es algo tan raro, nos pasa a menudo y un ejemplo es lo que se hace en verano con la playa, un castillo de arena.
Ya que pongo un castillo, lo pongo currao ¿no?
 Sabemos que añadiendo un grano a otro de arena, podemos construir una montaña de una altura impresionante y lo que más sabemos desde el primer momento es que la montaña tarde o temprano se derrumbará por que la física lo dice. No se puede por tanto hacer un castillo de arena, que vaya a acabar presa de las olas, el viento o unos mal nacidos, y sin embargo nos enfrascamos en tamaña obra y nos enfadamos si lo vemos destruirse. Lo fascinante de todo esto es que  a las ratas les pasa algo parecido y son capaces de elucubrar hasta cierto punto, pero no se sabe muy bien hasta dónde pueden llegar antes de que el pensamiento genial se derrumbe al confrontar el caos.
Igual nos pasa en nuestra manera de pensar, el cerebro lanza predicciones cada vez más inverosímiles al exterior que se combina con los datos disponibles en el universo externo. El cerebro lanza pensamientos sospechosos e intrigantes que la realidad confirma a medias o del todo. Después de combinar la información que lanza al exterior con la que recibe de fuera, se hace una composición de lugar y toma la decisión que, supuestamente, conviene.
Podemos llegar a pensar que el cerebro equivale a un centro de cálculos de probabilidades sometidos a leyes muy determinadas y de orden físico, como las que afectan a todo el universo. Sin embargo hay psicólogos, y creo que llevan razón, que piensan que nuestro cerebro es una pura chapuza. ¿Donde está la verdad?, ¿es solo chapuza o también es una máquina genial?

Lo que si parece cierto es que no parece muy recomendable compartimentar el cerebro en espacios distintos destinados cada uno a una función separada. Fabricamos el mundo que percibimos en función de la intensidad y el número de los fogonazos que sueltan nuestras neuronas para advertir a otros de que algo está pasando. Para nosotros hay miles de cosas, conceptos, personas, situaciones, sensaciones… para nuestro cerebro solo hay redes de conexión que dependen en su funcionamiento de potenciales eléctricos y sustancias químicas en concentraciones variables.

Lo que ve tu cerebro

Lo que tu crees ver

Espero vuestros comentarios y opiniones.